Durante décadas, el tarot permaneció asociado en el imaginario colectivo a consultas discretas, programas nocturnos de televisión y una estética alejada de la vida cotidiana. Hoy aparece en vídeos de TikTok, pódcast, conversaciones entre amigos, aplicaciones móviles y contenidos sobre relaciones, trabajo o identidad. Entre los menores de 35 años ya no siempre se presenta como una verdad sobrenatural: con frecuencia funciona como entretenimiento, lenguaje simbólico o punto de partida para ordenar preguntas.

También en Euskadi se percibe esa mayor visibilidad, especialmente en entornos urbanos como Bilbao, Donostia y Vitoria-Gasteiz. Sin embargo, conviene comenzar con una cautela: no existe una encuesta pública representativa que permita afirmar qué porcentaje de jóvenes vascos consulta el tarot. Hablar de “auge” describe una tendencia cultural y digital observable, no una cifra autonómica cerrada.

Los datos disponibles: una generación espiritual, pero menos religiosa

El primer Barómetro sobre Religión y Creencias en España, difundido en 2025 por la Fundación Pluralismo y Convivencia, ofrece una pista relevante. Según los resultados publicados del barómetro, el 61 % de los jóvenes españoles declara no identificarse con ninguna religión oficial, mientras que el 31 % cree en algún tipo de realidad espiritual o fuerza vital. El mismo estudio sitúa el interés juvenil por la astrología en el 29 % y por el tarot en el 23 %.

Los porcentajes no demuestran por sí solos que casi una cuarta parte de la juventud sea usuaria habitual de consultas. “Interés” no equivale a práctica frecuente ni a creencia literal. Sí muestran, en cambio, que el vocabulario espiritual no ha desaparecido con la secularización: se ha fragmentado, individualizado y trasladado a espacios menos institucionales.

La comparación internacional refuerza esta lectura. Una encuesta de Pew Research Center realizada en Estados Unidos en 2024, con 9.593 adultos, concluyó que el 30 % consultaba astrología, tarot o adivinación al menos una vez al año. Entre las personas de 18 a 29 años, casi una de cada cuatro decía consultar el tarot anualmente. El dato más esclarecedor es otro: la mayoría se acercaba a estas prácticas por diversión, y solo una minoría afirmaba apoyarse en ellas para tomar decisiones importantes.

No se deben trasladar automáticamente cifras estadounidenses a Euskadi, pero sí permiten distinguir consumo cultural, curiosidad y creencia. Esa frontera flexible es central para comprender a los menores de 35 años.

Las redes sociales han cambiado la puerta de entrada

En Euskadi, el ecosistema digital ayuda a explicar la difusión. El informe Juventud, redes sociales e información 2025 del Gobierno Vasco señala que el 74,6 % de los jóvenes de 15 a 29 años se informa mediante redes sociales y que el 98,2 % las utiliza diariamente. En plataformas gobernadas por imágenes breves, recomendaciones algorítmicas y relatos personales, una carta ilustrada o una predicción zodiacal circula con enorme facilidad.

El tarot reúne varias características especialmente adaptadas a ese medio: es visual, narrativo, personalizable y permite condensar conflictos complejos en una escena reconocible. Una carta puede convertirse en vídeo, meme, explicación psicológica o conversación sobre una ruptura en pocos segundos. La propia estética de los arcanos —reeditada con lenguajes feministas, queer, vascos o minimalistas— amplía además su alcance más allá del público tradicional.

Esta circulación digital también obliga a extremar el pensamiento crítico. Un contenido viral no es una fuente fiable por acumular reproducciones, y una lectura simbólica no sustituye el asesoramiento médico, psicológico, jurídico o financiero. La diferencia entre curiosidad y dependencia depende, en buena medida, de que se mantenga clara esa frontera.

Una respuesta narrativa a la incertidumbre

El atractivo del tarot no puede separarse del momento vital de quienes tienen menos de 35 años. El acceso difícil a la vivienda, la precariedad laboral, la inestabilidad afectiva, la ansiedad climática y una sensación general de futuro aplazado forman parte de su experiencia. Cuando las rutas tradicionales —empleo estable, vivienda, pareja o ascenso social— dejan de parecer previsibles, aumenta el valor de cualquier herramienta capaz de construir un relato.

Las cartas ofrecen una estructura: un antes, un conflicto, varias posibilidades y un desenlace abierto. No eliminan la incertidumbre, pero pueden darle forma. Para algunas personas, verbalizar una pregunta frente a imágenes simbólicas permite observarla desde otro ángulo. En ese uso, la consulta se parece menos a recibir una sentencia que a participar en una conversación guiada.

Esa aproximación aparece también en espacios locales. Proyectos como Tarot Bilbao presentan las lecturas en torno a dudas sobre relaciones, trabajo o cambios vitales, asuntos muy presentes entre el público joven. Su blog especializado en tarot permite observar cómo este lenguaje se aplica hoy a preocupaciones cotidianas y no únicamente a la predicción de acontecimientos.

Del dogma a la espiritualidad “a la carta”

La aparente contradicción —menos religión y más curiosidad esotérica— se entiende mejor si se observa el cambio de autoridad. Las instituciones religiosas proponen comunidades, doctrinas y normas compartidas; las nuevas espiritualidades permiten seleccionar símbolos y prácticas sin asumir una identidad completa. Una persona puede consultar su horóscopo, acudir una vez a una lectura y seguir considerándose agnóstica.

Este consumo “a la carta” encaja con una generación acostumbrada a construir perfiles, listas y comunidades personalizadas. También desplaza la autoridad hacia la experiencia propia: importa menos si una práctica es universalmente verdadera que si ayuda a nombrar una emoción, compartir una inquietud o reforzar una conversación entre iguales.

No todo es ruptura con el pasado. En Euskadi, como en otras sociedades europeas, conviven tradiciones católicas, memorias familiares, mitología popular y nuevas culturas digitales. El interés actual mezcla elementos antiguos con códigos contemporáneos. La novedad no está necesariamente en las cartas, sino en cómo circulan y para qué se utilizan.

Un fenómeno que exige interés, pero también cautela

Reducir este auge a credulidad juvenil sería demasiado simple. También sería equivocado presentarlo como una solución terapéutica o una vía segura para anticipar el futuro. El fenómeno se sitúa en una zona intermedia: ocio, estética, conversación, identidad y búsqueda de orientación.

La señal de alarma aparece cuando una práctica simbólica genera miedo, promesas infalibles, desembolsos repetidos o delegación de decisiones relevantes. Una aproximación responsable debe evitar diagnósticos, garantías absolutas y mensajes que fomenten la dependencia. La autonomía de la persona tiene que permanecer en el centro.

El renovado interés por el tarot entre los menores de 35 años habla, en último término, menos de un regreso masivo a lo oculto que de una transformación en la manera de buscar sentido. En una época saturada de información y escasa en certezas, las nuevas generaciones exploran símbolos antiguos con usos nuevos: a veces creen, a veces juegan y, muy a menudo, intentan comprenderse.